miércoles, 9 de noviembre de 2011

Capítulo 2


Observo a las cuatro chicas. Los humanos son seres bastantes impredecibles y extraños, pero eso es lo que me gusta de ellos, seres que hacen lo que se les antoja y cuya incomprensión del mundo les lleva a estudiarlo. Eso sí, los humanos también originan parte de los demonios existentes. Su rabia, dolor, ira y su propia maldad les lleva a crear seres que luego atentan contra sus vidas.
De alguna manera aquellas chicas resultan bastante diferentes a los demás humanos, es como si hubiera un vínculo entre ellas desde que nacieron, ya que acaban de conocerse y ya son las mejores amigas del mundo.
Suspiro y vuelvo la vista al frente cuando la chica que se llamaba Marry me mira.
Una de las típicas chicas pijas que se creen súper modelos se me acerca con un aire de lo más glamuroso.
-Buenas, con que Nía, ehh. ¿Por qué no te nos unes?- esta no es la primera vez que una persona se me acerca por mi aspecto. La verdad es que nunca le he dado importancia a mi aspecto, corrijo,  jamás me ha importado)-alguien como tú debió ser la idol en su antiguo colegio.
-Tch, otra pija insoportable. Lo que me faltaba. ¿Por qué no te vas con tus otras clones y dejas en paz a las chicas normales que quieren llevar su vida tranquilamente y no ser tu clon?- le digo mientras intento contener la risa.
Su rostro se le enciende de rabia y se da la vuelta con toda la elegancia del mundo. Sus clones también dan muestras de rabia. Al tener que soportar a todo tipo de pijas he llegado a la conclusión de que hay tres tipos: la controladora, los clones, que carecen de personalidad con lo cual buscan a una de tipo de controladora y esperan que se les pegue algo de ella; y las buenas, es decir, las que son pijas pero son buenas personas. La que me acabo de encontrar es de tipo controladora.
Miro hacia las chicas y me doy cuenta de que se están tronchando de risa con lo que he dicho. Las miro con cara interrogante y a la vez conteniendo la risa. Entonces, una de ellas se acerca a mí, Marry.
-Eso ha sido muy bueno- dice entre risas-¿Quién hubiera pensado que con lo guapa que eres estuvieras en contra de las pijas?
-Gracias por el cumplido. Estoy muy orgullosa de no haber acabado como una descerebrada a la que le gusta ir a la moda.
Al parecer soy una persona divertida, bueno, según ellas, porque si yo me describiera en una palabra diría ~venganza~. Ese es mi único propósito en la vida, mi dulce venganza.
Me obligo a sonreír, para que no reír de forma histérica por los pensamientos que tienen sobre mí, "una chica divertida", "es guapa y a la vez divertida", "no es como las demás".
De alguna forma esas chicas despiertan en mí algo que creía haber perdido seis años atrás, un especie de… cariño, pero en seguida lo descarto. Será que me he encaprichado con estas chicas, sí… eso será.
Pasé el resto del día charlando y haciendo trastadas con ellas. Cuando iba al baño me paraba enfrente del espejo y  siempre surgía una pregunta: "¿La del espejo soy yo?". De alguna forma este encaprichamiento me había dibujado una sonrisa en la cara.
Toca el timbre. Me dispongo a recoger cuando Marry y María se me acercan.
-Oye, ¿qué vas hacer esta tarde? ¿Puedes quedar?- seguramente pueda. Y si fuera por mí les diría que sí, pero hay un problema llamado Ronald, el director.
-Lo siento, tengo cosas que hacer. Ya nos vemos mañana- me separo de ellas y pongo rumbo a la clase de mi hermano. Cuando llego a su clase, veo que mi hermanito ya se ha hecho bastante popular. Mi hermano se vuelve y hace un gesto para que espere. Las chicas se vuelven hacia mí y me miran con cara de envidia. Al parecer la gente me consideraba una chica bastante guapa aunque, la verdad, eso no me importa lo más mínimo. Todos en mi familia tenemos una especie de belleza extraordinaria y, además, nunca hemos sido normales y nunca lo seremos.
Cuando ven que Kidz se va conmigo su envidia crece hasta que mi hermano deja claro que soy su hermana, y entonces el alivio se les graba en la cara.
Llegamos a casa y, como mi madre estará todo el día fuera, me dispongo a preparar la comida, y mientras la hago me acuerdo de ellas. Todavía tengo ese capricho rondándome por la cabeza, tengo ganas de llamarlas y decirles que sí quiero quedar, pero mi deber es lo primero.
Cuando terminamos de comer, me dirijo a la caseta de música y cojo mi violín. Durante unos instantes me quedo mirando el hueco que había ocupado nuestro antiguo piano de cola. Lo añoro. Cuando era pequeña me solía sentar al lado de mi madre y tocaba bellas canciones.Su color blanco le daba un aire de pureza y dulzura... pero ya no está aquí, se lo llevó él.
Cierro la verja tras de mí y me encamino al conservatorio. El viejo director odia que la gente llegue tarde. Cuando tocamos aparenta ser un tipo duro pero desde que lo conozco siempre ha sido una buena persona a la que le encantan los niños, y sobretodo los que tocan música. Yo soy una de esas personas, me apunté al conservatorio cuando tenía cinco años, si no mal recuerdo. Fue el día de mi cumpleaños, ese fue el regalo de mi madre.
Llego en cuestión de minutos y lo veo parado enfrente del edificio hablando con alguien. Agudizo mi oído y capto la conversación. Bueno, más bien una discusión que se está volviendo cada vez más acalorada. No me extrañaría que el joven, o más bien el adulto con el que está hablando el director le pegue un puñetazo en cualquier momento. Y al ser el director un padre para mí toso de forma pronunciada para que capten mi presencia.
-Nía, ya veo que has llegado puntual. Bueno... demasiado puntual. Da igual, ve a la sala y empieza a practicar. Afina tu violín o lo que quieras, tengo asuntos que tratar con este joven- está conteniendo el enfado, pero no tardará en salir si ese tío sigue aquí durante un rato.
-Tranqui viejo o te dará un infarto- muevo los brazos en forma de rendición y empiezo a subir las escaleras cuando me llega un dulce aroma de vainilla y muy por debajo de ese aroma descubrí un fino olor a metal, un dios, ese tío era un dios en toda regla, estuve a punto de volverme, plantarle un puñetazo en la cara y torturarle hasta que me diga el motivo de por qué está aquí, que casi me tropiezo, pero me dije- Tranquila, Nía.-
Cuando llego a la sala de prácticas veo que nada ha cambiado, la estancia desprecia un olor a muebles viejos y a madera de arce, seguía estando escasamente decorada, solo el armario de instrumentos, el viejo armario de cristal donde están las fotos de los ex alumnos y el viejo piano de cola negro, me siento en una silla cerca del piano y saco mi violín blanco. Tengo dos violines, este y uno negro.
Empiezo a tocar pequeños fragmentos del concierto de Beethoven para violín, en este mundo Mozart no existe, es una de los genios musicales que en este mundo no ha llegado a ver la luz, cuando estoy sola en casa me paso la mayoría del tiempo tocando obras de Mozart.
Llegan un grupo de alumnos, que se quedan expectantes mientras toco, para mí la música era como hablar, de algún modo sabía que mediante la música podía sincerarme.
Pronto llega el director, esta rojo como un tomate de rabia, parecía que ese dios le había tocado las narices de lo lindo.
-Como ven, esta es nuestra nueva violinista y pianista, Nia Sworlight- me dirigió una breve mirada y atravesó la estancia hasta llegar al piano, se gira- Vamos a interpretar el concierto de Tchaikovski.
Todo el mundo empezó a sacar sus instrumentos y sus partituras, un chico que debía tener por lo menos 20 años me ofreció una partituras pero las rechacé, mi madre desde pequeña me obligó a aprenderme todas las obras de la música clásica, da igual de quienes  fueran, el chico me miró como si estuviera loca o fuera una suicida, cuando comenzamos a tocar, mis manos se deslizaron por el instrumento como si mis dedos fueran unos bailarines elegantes y las cuerdas de mi violín fueran la pista de baile.
Cuando terminamos de practicar, ya era sobre las siete, creo que deje bastante claro a las demás violinistas que tenía un don sobre la música que ellas no tienen, sobre todo mis gestos y mi forma de tocar el violín, cuando éramos pequeños, en los días especiales o simplemente cuando estábamos de buen humor, tocábamos y bailábamos por el campo de flores, dejándonos que la música fluyera por nuestros cuerpos.
Ronald se acerca a la cristalera y saca un marco de fotos, allí estaba yo con cinco años, mis ojos brillaban con inocencia y sonreía de verdad, algo que ya no puedo hacer, aquella niña para mi había muerto hace seis años, para mí y para la mayoría del mundo.

 








The damned eyes.

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