Observo a las cuatro chicas. Los
humanos son seres bastantes impredecibles y extraños, pero eso es lo que me gusta de ellos, seres que
hacen lo que se les antoja y cuya incomprensión del mundo les lleva a
estudiarlo. Eso sí, los humanos también originan parte de los demonios
existentes. Su rabia, dolor, ira y su propia maldad les lleva a crear seres que
luego atentan contra sus vidas.
De alguna manera aquellas chicas
resultan bastante diferentes a los demás humanos, es como si hubiera un vínculo
entre ellas desde que nacieron, ya que acaban de conocerse y ya son las
mejores amigas del mundo.
Suspiro y vuelvo la vista al frente
cuando la chica que se llamaba Marry me mira.
Una de las típicas chicas pijas que
se creen súper modelos se me acerca con un aire de lo más glamuroso.
-Buenas, con que Nía, ehh. ¿Por qué
no te nos unes?- esta no es la primera vez que una persona se me acerca
por mi aspecto. La verdad es que nunca le he dado importancia a mi aspecto,
corrijo, jamás me ha importado)-alguien
como tú debió ser la idol en su antiguo colegio.
-Tch, otra pija insoportable. Lo
que me faltaba. ¿Por qué no te vas con tus otras clones y dejas en paz a las
chicas normales que quieren llevar su vida tranquilamente y no ser tu clon?-
le digo mientras intento contener la risa.
Su rostro se le enciende de rabia y se da la vuelta con toda la elegancia del
mundo. Sus clones también dan muestras de rabia. Al tener que soportar a todo tipo de pijas he llegado a la conclusión de que hay tres
tipos: la controladora, los clones, que carecen de personalidad con lo cual buscan
a una de tipo de controladora y esperan que se les pegue algo de ella; y las buenas, es decir, las que son pijas
pero son buenas personas. La que me acabo de encontrar es
de tipo controladora.
Miro hacia las chicas y me doy cuenta de que se están tronchando de risa con lo que he dicho. Las miro con cara
interrogante y a la vez conteniendo la risa. Entonces, una de ellas se acerca a
mí, Marry.
-Eso ha sido muy bueno- dice entre
risas-¿Quién hubiera pensado que con lo guapa que eres estuvieras en contra de
las pijas?
-Gracias por el cumplido. Estoy muy
orgullosa de no haber acabado como una descerebrada a la que le gusta ir a la
moda.
Al parecer soy una persona
divertida, bueno, según ellas, porque si yo me describiera en una palabra diría
~venganza~. Ese es mi único propósito en la vida, mi dulce venganza.
Me obligo a sonreír, para que no
reír de forma histérica por los pensamientos que tienen sobre mí, "una
chica divertida", "es guapa y a la vez divertida", "no es como las demás".
De alguna forma esas chicas despiertan en mí algo que creía haber
perdido seis años atrás, un especie de… cariño, pero en seguida lo descarto. Será que me he encaprichado con estas chicas, sí… eso será.
Pasé el resto del día charlando y haciendo trastadas con ellas. Cuando iba al baño me paraba enfrente del espejo y siempre surgía una pregunta: "¿La del espejo soy yo?". De
alguna forma este encaprichamiento me había dibujado una sonrisa en la cara.
Toca el timbre. Me dispongo a recoger cuando Marry y María se
me acercan.
-Oye, ¿qué vas hacer esta tarde? ¿Puedes quedar?- seguramente pueda. Y si fuera por mí les diría que sí, pero hay
un problema llamado Ronald, el director.
-Lo siento, tengo cosas que hacer. Ya nos vemos mañana- me separo de ellas
y pongo rumbo a la clase de mi hermano. Cuando llego a su clase, veo que mi
hermanito ya se ha hecho bastante popular. Mi hermano se vuelve y hace un gesto
para que espere. Las chicas se vuelven
hacia mí y me miran con cara de envidia. Al parecer la gente me consideraba
una chica bastante guapa aunque, la verdad, eso no me importa lo más mínimo. Todos en mi familia tenemos una especie de belleza extraordinaria y, además, nunca hemos sido normales y nunca lo seremos.
Cuando ven que Kidz se va conmigo su envidia crece hasta que mi
hermano deja claro que soy su hermana, y entonces el alivio se les graba en la
cara.
Llegamos a casa y, como mi madre estará todo el día fuera, me dispongo
a preparar la comida, y mientras la hago me acuerdo de ellas. Todavía tengo
ese capricho rondándome por la cabeza, tengo ganas de llamarlas y decirles que
sí quiero quedar, pero mi deber es lo primero.
Cuando terminamos de comer, me dirijo a la caseta de música y cojo mi
violín. Durante unos instantes me quedo mirando el hueco que había ocupado
nuestro antiguo piano de cola. Lo añoro. Cuando era pequeña me solía sentar
al lado de mi madre y tocaba bellas canciones.Su color blanco le daba un aire
de pureza y dulzura... pero ya no está aquí, se lo llevó él.
Cierro la verja tras de mí y me encamino al conservatorio. El viejo
director odia que la gente llegue tarde. Cuando tocamos aparenta ser un tipo
duro pero desde que lo conozco siempre ha sido una buena persona a la que le
encantan los niños, y sobretodo los que tocan música. Yo soy una de
esas personas, me apunté al conservatorio cuando tenía cinco años, si no mal
recuerdo. Fue el día de mi cumpleaños, ese fue el regalo de mi madre.
Llego en cuestión de minutos y lo veo parado enfrente del edificio
hablando con alguien. Agudizo mi
oído y capto la conversación. Bueno, más bien una discusión que se está
volviendo cada vez más acalorada. No me extrañaría que el
joven, o más bien el adulto con el que está hablando el director le pegue un
puñetazo en cualquier momento. Y al ser el director un padre para mí toso de
forma pronunciada para que capten mi presencia.
-Nía, ya veo que has llegado puntual. Bueno... demasiado puntual. Da
igual, ve a la sala y empieza a practicar. Afina tu violín o lo que quieras,
tengo asuntos que tratar con este joven- está conteniendo el enfado,
pero no tardará en salir si ese tío sigue aquí durante un rato.
-Tranqui viejo o te dará un infarto- muevo los brazos en forma de
rendición y empiezo a subir las escaleras cuando me llega un dulce aroma de
vainilla y muy por debajo de ese aroma descubrí un fino olor a metal, un dios,
ese tío era un dios en toda regla, estuve a punto de volverme, plantarle un
puñetazo en la cara y torturarle hasta que me diga el motivo de por qué está
aquí, que casi me tropiezo, pero me dije- Tranquila, Nía.-
Cuando llego a la sala de prácticas veo que nada ha cambiado, la
estancia desprecia un olor a muebles viejos y a madera de arce, seguía estando
escasamente decorada, solo el armario de instrumentos, el viejo armario de
cristal donde están las fotos de los ex alumnos y el viejo piano de cola negro,
me siento en una silla cerca del piano y saco mi violín blanco. Tengo dos
violines, este y uno negro.
Empiezo a tocar pequeños fragmentos del concierto de Beethoven para violín,
en este mundo Mozart no existe, es una de los genios musicales que en este
mundo no ha llegado a ver la luz, cuando estoy sola en casa me paso la mayoría
del tiempo tocando obras de Mozart.
Llegan un grupo de alumnos, que se quedan expectantes mientras toco,
para mí la música era como hablar, de algún modo sabía que mediante la música
podía sincerarme.
Pronto llega el director, esta rojo como un tomate de rabia, parecía
que ese dios le había tocado las narices de lo lindo.
-Como ven, esta es nuestra nueva violinista y pianista, Nia Sworlight-
me dirigió una breve mirada y atravesó la estancia hasta llegar al piano, se
gira- Vamos a interpretar el concierto de Tchaikovski.
Todo el mundo empezó a sacar sus
instrumentos y sus partituras, un chico que debía tener por lo menos 20 años me
ofreció una partituras pero las rechacé, mi madre desde pequeña me obligó a
aprenderme todas las obras de la música clásica, da igual de quienes fueran, el chico me miró como si estuviera
loca o fuera una suicida, cuando comenzamos a tocar, mis manos se deslizaron
por el instrumento como si mis dedos fueran unos bailarines elegantes y las
cuerdas de mi violín fueran la pista de baile.
Cuando terminamos de practicar, ya
era sobre las siete, creo que deje bastante claro a las demás violinistas que
tenía un don sobre la música que ellas no tienen, sobre todo mis gestos y mi
forma de tocar el violín, cuando éramos pequeños, en los días especiales o
simplemente cuando estábamos de buen humor, tocábamos y bailábamos por el campo
de flores, dejándonos que la música fluyera por nuestros cuerpos.
Ronald se acerca a la cristalera y
saca un marco de fotos, allí estaba yo con cinco años, mis ojos brillaban con
inocencia y sonreía de verdad, algo que ya no puedo hacer, aquella niña para mi
había muerto hace seis años, para mí y para la mayoría
del mundo.


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